Buenas tardes a todos,

En esta nueva aportación presento el análisis DAFO definitivo sobre la posible influencia de una moneda social local en Som Energia, incorporando también algunas ideas surgidas a partir del intercambio con compañeros y compañeras. En mi caso, el comentario recibido me ha ayudado sobre todo a concretar mejor cómo podría aplicarse una moneda social dentro de una cooperativa energética y a distinguir qué factores son realmente centrales y cuáles tienen un peso más secundario.

Som Energia es una cooperativa de consumo de energía verde vinculada a la Economía Social y Solidaria, y su proyecto no se limita a comercializar electricidad renovable, sino que también busca impulsar un modelo energético más democrático, participativo y territorializado (Som Energia, s. f.). Precisamente por eso, me parece que una moneda social local puede tener interés en su caso, aunque no tanto como sustituto del euro, sino como herramienta complementaria para reforzar comunidad, participación y arraigo territorial, algo que encaja con la lógica de las monedas complementarias descrita por Atxukarro (2014).

Después de revisar el análisis inicial, creo que la primera idea que hay que dejar clara es que, en Som Energia, una moneda social no tendría sentido principalmente para pagar la factura de la luz, porque ahí entran límites muy claros del sector energético: regulación, fiscalidad, costes estructurales y dependencia de un mercado muy intervenido. En cambio, sí podría tener sentido en usos más concretos y realistas, por ejemplo como sistema de incentivos para la participación en grupos locales, asistencia a formaciones sobre ahorro y eficiencia energética, implicación en proyectos de autoconsumo colectivo, apoyo a campañas de sensibilización o colaboración con otras entidades de la ESS del territorio. En ese sentido, la aportación de mi compañera me ha parecido útil porque ayuda a aterrizar mejor la idea y a no dejarla en un plano demasiado teórico.

Fortalezas

La fortaleza principal de Som Energia es, a mi juicio, su propia cultura cooperativa y participativa. La entidad se organiza desde el principio de “una persona, un voto” y cuenta con grupos locales que permiten una participación más descentralizada y arraigada al territorio, algo que encaja bien con la lógica de una moneda social, ya que estas herramientas necesitan confianza, implicación y una comunidad activa para funcionar (Som Energia, s. f.; Cahn, 2000; Collom, 2008). No partiría de cero, porque ya existe una base social con una identidad compartida y una cierta experiencia en participación colectiva.

Otra fortaleza importante es la coherencia entre los valores de Som Energia y los objetivos de una moneda social. La cooperativa trabaja desde la sostenibilidad ambiental, la reinversión de excedentes, la intercooperación y la voluntad de avanzar hacia una mayor soberanía energética, de modo que una moneda social no sería algo ajeno a su identidad, sino una posible extensión de su misión transformadora (Som Energia, s. f.; Atxukarro, 2014). Además, algunos autores han señalado que las monedas complementarias pueden reforzar comportamientos sostenibles e incluso apoyar procesos de transición ecológica y tecnologías ambientales, como las energías renovables (Holdsworth & Boyle, 2004; Turnbull, 2009).

También considero una fortaleza que Som Energia ya tenga experiencia en proyectos colectivos y de escala comunitaria, como las comunidades energéticas, el autoconsumo compartido o las dinámicas de formación y sensibilización. Esto permite imaginar usos concretos y creíbles para una moneda social, no tanto en la parte central del suministro eléctrico, sino en actividades vinculadas a la vida cooperativa y territorial. Ahí es donde, en mi opinión, el encaje resulta más sólido.

Debilidades

La debilidad más importante es que Som Energia, precisamente por ser una cooperativa grande, puede tener dificultades para lograr una participación homogénea y sostenida. No todas las personas socias viven la cooperativa del mismo modo: algunas participan activamente en grupos locales o iniciativas comunitarias, pero otras mantienen una relación mucho más funcional, casi como usuarias de una comercializadora ética. Eso puede hacer que una moneda social interese mucho a un núcleo muy implicado, pero no necesariamente al conjunto de la base social. En ese sentido, la propia escala de la entidad, que es una fortaleza en otros aspectos, aquí también puede convertirse en una limitación.

Otra debilidad clara es que una moneda social exige utilidad práctica, sencillez y buena organización. Si las personas no entienden bien para qué sirve, cómo se usa o qué ventajas aporta, la herramienta puede acabar percibiéndose como una carga añadida. Corrons (2015) insiste precisamente en que el recorrido de estos sistemas depende en buena medida de la capacidad adaptativa de sus participantes y de su predisposición al cambio. Por tanto, no basta con que la idea sea coherente con la ESS; tiene que funcionar en la práctica cotidiana.

Además, en el caso de Som Energia hay una debilidad muy específica que me parece central y que, gracias al comentario recibido, ahora veo con más claridad: el marco regulatorio del sector energético. Este no es un elemento secundario, sino una de las grandes limitaciones del caso. Aunque una moneda social pueda reforzar la comunidad, la parte nuclear del negocio energético sigue dependiendo del sistema monetario convencional, de la normativa estatal y de una infraestructura técnica y económica que no puede sustituirse fácilmente.

Oportunidades

La oportunidad que me parece más interesante es que una moneda social podría servir para reforzar la participación comunitaria dentro de Som Energia. Aquí es donde creo que el análisis gana más fuerza respecto a la versión inicial. Más que pensar en la moneda como medio de pago, la veo como un posible sistema de reconocimiento o incentivo para tareas y actividades que sostienen la cooperativa, pero que muchas veces no tienen una traducción económica directa: asistir a reuniones de grupos locales, colaborar en campañas, participar en talleres de eficiencia energética, acompañar a nuevas personas socias o implicarse en proyectos de autoconsumo. En ese sentido, podría ayudar a visibilizar y valorar aportaciones comunitarias que, de otro modo, quedan bastante invisibles, algo que conecta con las ideas de Cahn (2000) y Ryan-Collins et al. (2008).

Otra oportunidad clara sería reforzar el arraigo territorial de Som Energia. Las monedas complementarias pueden favorecer que parte del valor generado permanezca dentro de una comunidad o un territorio, reforzando circuitos económicos de proximidad y relaciones de reciprocidad más estables (Seyfang, 2001; Seyfang & Longhurst, 2012). En el caso de Som Energia, esto podría traducirse en una conexión más fuerte entre los grupos locales, otras cooperativas energéticas, entidades de finanzas éticas, asociaciones de barrio o proyectos de economía solidaria. Es decir, podría ayudar a que la transición energética no se viva solo como un servicio, sino también como una práctica comunitaria.

También me parece una oportunidad importante que la moneda social pueda servir para evitar la pasividad de parte de la base social. Una de las tensiones que ya había señalado en trabajos anteriores es el riesgo de que una cooperativa grande acabe teniendo socias y socios que actúan solo como “clientes verdes”, sin una implicación real en el proyecto transformador. Si se diseña bien, una moneda social podría ser una vía para reforzar la dimensión participativa y comunitaria de la cooperativa, algo especialmente relevante en un proyecto que no quiere limitarse a vender energía renovable, sino transformar la relación de la ciudadanía con la energía.

Amenazas

La amenaza principal sigue siendo la baja adopción. Creo que este es uno de los factores más decisivos de todo el análisis. Por muy coherente que resulte la propuesta con los valores de la entidad, si las personas socias no la perciben como algo útil, sencillo y cercano, la moneda social puede quedarse en una experiencia muy minoritaria. En ese caso, su impacto real sería pequeño y correría el riesgo de convertirse en una iniciativa más simbólica que práctica, algo que se relaciona con lo que señalan Corrons (2015) y también con la importancia que autores como Cahn (2000) y Collom (2008) dan a la implicación real de la comunidad.

La segunda gran amenaza, y quizá la más estructural, es el propio contexto del sector energético. Som Energia opera dentro de un mercado marcado por regulación intensa, costes fijos, dependencia de infraestructuras externas y presencia de grandes corporaciones. Eso significa que una moneda social tendría un margen de actuación necesariamente limitado. Puede reforzar la parte comunitaria del proyecto, sí, pero no resolver por sí sola problemas estructurales como el oligopolio energético, la pobreza energética o la rigidez del sistema eléctrico. Por eso, me parece importante no idealizarla.

También existe una amenaza ligada a la complejidad tecnológica y organizativa. Si la moneda social se articula a través de herramientas digitales poco intuitivas o demasiado exigentes, puede generar rechazo o exclusión, especialmente en una base social amplia y diversa. Además, si no se cuidan bien cuestiones como la transparencia, la gestión de datos o la soberanía tecnológica, podría generarse una contradicción con los propios valores de la cooperativa. En ese sentido, la observación de mi compañera sobre la necesidad de aterrizar mejor los usos reales me parece muy pertinente: cuanto más concreta y sencilla sea la propuesta, más posibilidades habría de evitar este riesgo.

Conclusión final después del DAFO INICIAL (AHORA DEFINITIVO) Y LA APORTACIÓN DE LOS COMPAÑEROS 

Después de revisar el análisis inicial y de incorporar el comentario recibido, mi conclusión es que una moneda social sí podría tener sentido en Som Energia, pero solo si se plantea de manera realista, acotada y muy vinculada a la vida comunitaria de la cooperativa. Su mayor potencial no estaría en sustituir el pago convencional de la energía, sino en reforzar la participación, reconocer tareas colectivas, dinamizar los grupos locales, fortalecer alianzas territoriales y dar más densidad social a la transición energética.

Sus fortalezas más importantes están en la cultura cooperativa de la entidad, en su coherencia con los valores de la ESS y en su experiencia en proyectos participativos. Sus oportunidades más interesantes aparecen cuando se piensa la moneda social como una herramienta de reconocimiento, incentivo e intercooperación. En cambio, las debilidades y amenazas más decisivas tienen que ver con la baja adopción, la complejidad organizativa y, sobre todo, con los límites que impone el propio sector energético.

Por eso, el análisis definitivo me lleva a pensar que, en Som Energia, una moneda social podría ser valiosa no como sustituto del euro, sino como una herramienta complementaria de apoyo comunitario, participación y arraigo territorial, siempre que se diseñe de forma sencilla, útil y coherente con las necesidades reales de la cooperativa.

Bibliografía

Atxukarro, A. (2014). ¿Qué son las monedas complementarias? Observatorio de la Sostenibilidad, Fundación Cristina Enea.

Cahn, E. (2000). No more throwaway people: The co-production imperative. Essential Books.

Collom, E. (2008). Engagement of the elderly in time banking: The potential for social capital generation in an aging society. Journal of Aging and Social Policy, 20(4).

Coraggio, J. L. (2003). Las redes de trueque como institución de la economía popular. En A. Hintze (Ed.), Trueque y economía solidaria. Universidad Nacional de General Sarmiento.

Corrons Giménez, A. F. (2015). Monedas complementarias en pro de la sostenibilidad y el desarrollo: enfoque panárquico [Trabajo de investigación, Universitat Jaume I – Universitat de València].

Holdsworth, S., & Boyle, C. (2004). The trade in ethical consumerism: The case of green electricity. Sustainable Development, 12(4), 167-176.

Lietaer, B. (2005). El futuro del dinero. Errepar.

Ryan-Collins, J., Stephens, L., & Coote, A. (2008). The new wealth of time: How timebanking helps people build better public services. New Economics Foundation.

Seyfang, G. (2001). Working for the Fenland dollar: An evaluation of local exchange trading schemes as an informal employment strategy to tackle social exclusion. Work, Employment and Society, 15(3), 581-593.

Seyfang, G., y Longhurst, N. (2012). Money, money, money? A scoping study of grassroots complementary currencies for sustainability. Ecological Economics, 86, 65-77.

Som Energia. (s. f.). Esto no va de luz. Recuperado el 5 de marzo de 2026, de https://www.somenergia.coop/es/

Turnbull, S. (2009). Options for reforming the financial system. International Journal of Community Currency Research, 13, 115-118.

Uso de IA

Para la elaboración de esta versión final he utilizado inteligencia artificial como apoyo para mejorar la redacción. La revisión crítica, la adaptación al caso de Som Energia y la versión final del análisis han sido realizadas personalmente.